En las 3 revistas vertimos opiniones personales -y textos e imágenes de autores afines tomados de la red- desde la crítica del arte y el periodismo cultural, sobre la creación artística, las instituciones culturales y la diversidad de públicos. "El arte no es un conjunto de reglas, sino una sucesión de caprichos"(Rubén Darío). Para agrandar imágenes, da clik sobre la imagen, o doble clik para agrandar aún más. Otro para regresar al tamaño inicial. FERNANDO ANDRADE CANCINO
a fondo: semanario electrónico.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
sábado, 29 de octubre de 2011
HARTAZGO DEL CLOSET, en octubre de: http://md22artemultidisciplina.blogspot.com/
Hartos del closet, del armario, del ropero,
de la comida rápida, del mall, del PRI.
Indigestados por el hartazgo de PAN,
indignados con el país y su 1% de ricos,
su 99% de pobres, su mala educación,
su incultura y arte vuelto oropel,
decidimos ser streppers, íntimos,
para manifestar nuestro hartazsgo,
e indignación, por tanta corrupción
jueves, 6 de octubre de 2011
REFLEXIONES EN TORNO AL ARTE CONTEMPORÁNEO
BREVÍSIMO DICCIONARIO DE UNA IMPOSTURA
Principio del formulario
Final del formulario
Nunca estará de más cuestionar el mal arte, o anti-arte, como lo llama la autora de este implacable diccionario que desnuda imposturas, ideas y actitudes que se han incrustado en el ámbito del arte contemporáneo.
Arte burgués. Es un anti-arte burgués y ocioso que desprecia el trabajo. Artistas que no trabajan, no estudian, no hacen. Roban, copian, designan, sobre valúan sus objetos por un capricho de la moda, exaltan el consumismo. Es el gran elogio a la decadencia del capitalismo.
Arte conceptual o contemporáneo. Las obras a las que se denomina arte contemporáneo son conceptuales porque en todas son las ideas y el discurso el único peso intelectual que poseen, y es el concepto lo que les da sentido como arte. La acepción cronológica, al ser siempre inestable, es inexacta. Cualquier obra —desde el ready made hasta las que tienen algún tipo de factura— que hace de las ideas su gran valor real es conceptual. Si una obra despojada de esas ideas pierde su sentido como arte, entonces no es arte.
Arte contemporáneo y otras artes. La música, el teatro, la literatura, la danza, el cine llevan lo de ser contemporáneos con otra perspectiva. Son artes que requieren de un involucramiento más real del público, que debe pagar para entrar al teatro o a la sala de conciertos, sentarse y presenciar durante una o más horas una obra y con sus aplausos o abucheos manifiesta su opinión. En cambio, el arte contemporáneo se ve en cinco minutos y el público se larga. Los críticos de estas disciplinas son feroces, el cine soporta toda clase de análisis y nadie se rasga las vestiduras. Leer un libro exige tiempo y concentración y el escritor ve cómo sus libros se quedan en la bodega o se convierten en un éxito. El artista contemporáneo vive en una burbuja, no tiene contacto con el público, niega la crítica que no es favorable y si el público no va a la sala es porque no entiende, nunca porque su obra deje insatisfecho al espectador o porque se perciba como una farsa. Este anti-arte no es para el público ni para el museo, es una práctica endogámica para sus curadores, críticos y artistas.
Arte que nadie se roba. El criterio del ladrón es el del sentido común, la realidad de que todas las obras son lo que son: una pintura es una pintura, un dibujo es un dibujo, una lata vacía es una lata vacía y un escusado es un escusado. Y algo tan real como un robo, tan inmediato, lo pone en evidencia. Nadie se roba un montón de ropa sucia o unas cajas de cartón. Los nuevos museos no requieren de alarmas, medidas de seguridad o guardias, y lo que llegaran a robarse puede ser reemplazado en un instante y sin la presencia del artista.
Arte tradicional y arte contemporáneo. La distinción entre arte tradicional y arte contemporáneo es una deformación estética. Los “contemporáneos” tienen cien años haciendo lo mismo, un tiempo suficiente para crear una tradición. En cambio, la pintura que se hace hoy no detiene su evolución, y sus preocupaciones, estética y estilos están completamente inmersos en nuestra actualidad. Los artistas contemporáneos no son modernos, tienen cien años sin evolucionar.
Artista. Todos son artistas y todo lo que el artista designe como arte es arte, es el estatus actual. Hoy tenemos a la mayor población de artistas de la historia del arte, por lo tanto ninguno es indispensable. Ser artista contemporáneo es una moda elitista, pues antes querían poner un bar nice, luego ser “diseñadores de imagen”, después DJs y hoy, finalmente, son artistas contemporáneos. La actitud de arrogancia y de fatuidad de los artistas es justificable: venden sus ocurrencias elementales y los coleccionistas demuestran su poder adquisitivo con estas compras caprichosas y exhibicionistas.
Artista, requisito para ser… El requisito es no saber hacer las cosas para hacerlas. No saber hacer arte para ser artista.
Aspiraciones. Los artistas quieren ser millonarios y los millonarios quieren ser artistas. Si declarar que algo es arte te hace artista, aceptarlo, motivarlo y pagar por eso, también te hace artista. Pagar el precio convierte al coleccionista en un artífice más del objeto; sin su aprobación y su inversión la obra nunca hubiera trascendido como arte, así, el comprador forma parte esencial en el montaje de esta farsa. Comparar algo de valor “teórico” te define como moderno y actual. El precio en estas obras es su validación real: si es caro entonces es arte.
El artista contemporáneo vive en una burbuja, no tiene contacto con el público, niega la crítica que no es favorable y si el público no va a la sala es porque no entiende, nunca porque su obra deje insatisfecho al espectador o porque se perciba como una farsa. Este anti-arte no es para el público ni para el museo, es una práctica endogámica para sus curadores, críticos y artistas.
Células espejo. Éstas crean un proceso cognitivo mediante el cual nos ponemos en la situación del Otro; sin ellas no existe la imitación, que es fundamental para el aprendizaje, y se activan al ver una acción o cómo se realiza y tratan de recrearla. Estas neuronas también trabajan cuando tú, al ver una obra de supuesto arte, te ubicas en el sentido del creador y piensas que esa obra no requirió de un talento sobresaliente; analizas rápidamente tus habilidades y comparas lo que tú sabes hacer con el resultado de la obra y deduces que no tiene rastro de inteligencia creadora. Al no reconocer inteligencia o emoción en el trabajo, decides que es algo sin la calidad para poseer el estatus de arte. Al ubicarte en el papel del artista lo identificas como un estafador que suplanta la verdad del arte por una mentira. El arte tiene entre sus objetivos ayudarnos a comprender la realidad a través de la representación y lo hace con la herramienta de las células de espejo: si eliminan el objetivo de representar, las células no trabajan en ayudarnos a ordenar nuestra realidad y la existencia. Este anti-arte va en contra de los procesos de la inteligencia y nos encamina a disminuir habilidades formadas durante decenas de miles de años. Este arte volverá estúpida a la humanidad.
Concepto. Si lo único que tiene valor en la obra es el concepto, y despojada de esto pierde su valor, entonces no es arte. El concepto es un enunciado arbitrario que pretende cambiar la naturaleza de un objeto sin conseguirlo, exigiendo una comprensión que no requiere; un objeto es lo que es, nada más.
Crueldad. Ejercer la crueldad no tiene que ver con recrearla y eso es patente en la literatura. Asesinar animales, explotar la muerte de otros, alardear del racismo no es arte porque, como todo en el arte contemporáneo, no es resultado del talento ni del trabajo del creador o “ideador”. Su función es escandalizar para llamar la atención. En una corrida de toros la crueldad es parte del espectáculo, pero el torero asume riesgos que no asume ningún artista contemporáneo. Si Guillermo Vargas Habacuc, que dejó morir de hambre a un perro, amarrara al curador y al galerista para matarlos de hambre no habría existido jamás el performance criminal que hizo. Muchos toreros han muerto en el ruedo, pero ¿quién ha muerto haciendo una obra? Nadie. Estas obras tienen una lógica elemental: si hablan de que dejaron morir de hambre a un perro, entonces funciona dejar morir de hambre a un perro. Si hablan de que pusieron suásticas, entonces funciona poner suásticas. Si hablan de un asesinato, entonces funciona asesinar. Estoy esperando el suicidio colectivo de estos mediocres para que cierren su ciclo de obras, ya que trabajan con las herramientas de su época. Adelante, la violencia es la gran herramienta actual para acceder al poder y la fama.
Curador. El curador es un vendedor, un publicista, un dictador y es, al final, el verdadero creador de la obra. Las exposiciones no son anunciadas con el nombre del artista, lo principal es el nombre del curador. El curador vende la idea de su colectiva, decide qué artistas van en la exposición y con su texto inventa los valores subjetivos e invisibles de su producto, es decir, los artistas y sus obras. El curador le dicta al artista lo que tiene que hacer, lo que significa y decide el valor que tiene en la exposición. Como todos son artistas, todos debieran ser curadores, pero no es así. Éstos y los teóricos son los entes pensantes de la obra. El artista es sustituible, el curador, como los dictadores, no lo es. Al dar sentido a la reunión de objetos y llevarlos al recinto expositivo el curador es el artífice real de la obra. Desháganse de los artistas. Para poner una piedra con una patineta rota o una tina de aceite quemado en el museo basta un curador, no se requiere a nadie más.
Entender.— “Si no te gusta es que no entiendes”. Confunden creer con entender. Cuestionar a la obra es no entender. No piden que se entienda, piden que se crea que eso es arte. En el momento en que dejen de creer que eso es arte dejará de serlo. Si no crees en el milagro, el milagro no existe. Esta actitud elitista: “Tú no entiendes”, margina al público, lo expulsa de los museos y le quita al artista la responsabilidad de las consecuencias de la obra. Si el público no ve en la obra lo que el concepto y el significado dictan es que es ignorante. El artista es infalible, nunca se equivoca. La sensibilidad del espectador es inoperante, el artista es intocable.
Escuelas de arte. Las escuelas de arte ya no son necesarias, ser artista es una actitud que se adquiere, como ponerse unos zapatos, y el arte se designa. El arte no tiene valores de calidad ni técnicas específicas, por ello tampoco requiere ser enseñado en una escuela.
Imaginar la obra. Decir que estas obras nos invitan a que imaginemos a partir de ellas es también un mito. Nos imponen qué es lo que debemos imaginar, lo ordenan claramente en las cédulas explicativas del curador. ¿Dónde está la libertad del ejercicio imaginativo si te dictan la reflexión? Instrucciones de obras imaginarias: la gente mira una pared y se supone que tendría que imaginarse la obra. ¿Por qué el autor no imaginó la obra y la realizó en vez de dejar ese trabajo al público? Un escritor no deja el libro en blanco para que te imagines la novela. Pedir que el público se imagine la obra encubre el vacío que el artista deja ante su incapacidad de terminar algo.
Juventud. Su nombre oficial es “artistas emergentes”. Ser joven o emergente es un requisito para estar en exposiciones, es la adicción a lo nuevo del marketing del arte contemporáneo. Caras nuevas aunque las obras sean iguales. La virtud no es el talento, es la fecha de nacimiento. Las obras emergentes son de temática intrascendental, relacionadas con falta de inteligencia, irrelevancia, banalidad y sin un compromiso social o estético serio. Es arte niñato al que no le importa lo que suceda en el mundo, y aunque en la cédula hablen de la “decepción que les causa esta época” no existe una obra que describa esa decepción o un sentimiento de rebeldía ante lo que sucede. Estos artistas reflexionan sobre su ropa, la televisión, las redes sociales; son decorativos, conformistas, consumistas y políticamente correctos. Son un producto del sistema y trabajan para el sistema. Estos artistas sin arte son ciegos al hecho de que las grandes obras del Caravaggio o Lucian Freud también son obras de juventud.
Su nombre oficial es “artistas emergentes”. Ser joven o emergente es un requisito para estar en exposiciones, es la adicción a lo nuevo del marketing del arte contemporáneo. Caras nuevas aunque las obras sean iguales. La virtud no es el talento, es la fecha de nacimiento. Las obras emergentes son de temática intrascendental, relacionadas con falta de inteligencia, irrelevancia, banalidad y sin un compromiso social o estético serio.
Mal gusto. Si el buen gusto carece de prestigio en esta época, como lo carece la belleza, lo que ya tiene prestigio universal como expresión contemporánea es el mal gusto. No se trata de acabar con obras terribles, que golpean a la mirada con la agresividad de la realidad —ya lo demostró Otto Dix con sus grabados sobre la Primera Guerra que tienen la virtud de enfrentar al espectador. Lo que hacen los artistas contemporáneos es tratar de llamar la atención con rabietas visuales y chistes monumentales para provocar de forma artificial y pretenciosa. Objetos que siempre pasaron por kitsch, detestables y desechables, hoy son la apoteosis de las subastas. Los objetos de feria de Koons son llamados esculturas; los animales en formol de Hirst son reflexiones sobre la existencia; las llantas y los coches de carnaval de Betsabé Romero están en los museos. El mal gusto es el pase de entrada a la instantánea posteridad de este efímero capricho de la vulgaridad al que llaman arte contemporáneo.
Mediocridad. Pretender que el talento, la disciplina y la técnica en el arte son cosas del pasado es tratar de imponer la mediocridad como signo de distinción de nuestra época. La “democracia del arte” y “la muerte de la tiranía del genio” son la dictadura de los mediocres. Hoy existen artistas completos, que trabajan en su obra, desarrollando e investigando en la constante revolución de la pintura, la escultura y el grabado, que se ven marginados para que la falta de talento y la mediocridad tenga “derecho a crear”. El imperio de gente sin obra, que designa sus orines como arte, se ha apropiado de las galerías y los museos, amparados por curadores y críticos que lo explican y lo aplauden, convirtiendo el arte en una trama especulativa, en un negocio vulgar. Son libres de hacer con su detritus, con la basura que recolectan y con su pose de artistas lo que quieran, pero rebajar el nivel del arte al capricho de los mediocres es otra cosa.
Muerte y cadáveres. El robo de cadáveres para obras era un canon en la Antigüedad. Leonardo pintó cuerpos, la modelo de Caravaggio para su Muerte de la Virgen es el cadáver de una prostituta. Para el Caravaggio el propósito de la obra no era llevarse un cadáver, pues su objetivo fue que la imagen de la virgen se viera muerta, desprotegida, inerme, que los colores de la piel fueran los de un cuerpo por el que ya no circula la sangre. En el anti-arte y sus pseudo-obras el propósito es la exhibición morbosa y descarada de algo que aseguran es el cadáver de alguien o la sangre de un crimen. La sangre, el cadáver, es un ready-made que hace del amarillismo la obra y de las aficiones patológicas el único talento del artista.
Museo. Anunciaron y clamaron hace cien años la muerte del museo y hoy se dan cuenta de que sin este contexto la obra no puede demostrarse como arte. Por eso a los artistas del anti-arte les urge entrar al museo, porque sólo parasitando el contexto del museo legitiman sus obras como arte y les dan trascendencia y valor en el mercado. Fuera del museo estas obras —cadenas de bicicleta, urinarios, bloques de concreto, agua sucia— no existen, regresan a su situación original de objetos sin valor y no son arte.
No objetual. Derribemos mitos: el arte contemporáneo no es abstracto ni es no-objetual. Si existe algo objetual, concreto, adicto a las referencias cotidianas y a las formas más costumbristas es este anti-arte, que depende en su totalidad de objetos prefabricados, que no inventa ni crea. “Objeto encontrado”, “objeto intervenido”, “objeto pateado”, “objeto recuperado”, “objeto reciclado”… decenas de categorías, una para cada cosa. Es el arte de la pepena que parasita la costumbre y la familiaridad con el objeto para relacionarse con el espectador. Carece de la abstracción de la recreación, rémora de las cosas hechas; es el arte del consumismo y la acumulación. ¿No objetual, no retinal? Entonces no depreden, hagan, recreen.
Oportunismo. El arte contemporáneo se aprovecha de un problema grave para, en un acto oportunista, vender una patraña como arte, y sucede la reacción lógica, pues criticar a la obra es estar en contra de la supuesta “denuncia”.
Performance. El performance es cobarde con el público, no permite la interacción. Si un espectador le dice algo al artista éste se indigna y pide que saquen del recinto al espectador. Hay una diferencia enorme entre la transgresión y el exhibicionismo. El performance es la versión políticamente correcta y decente de lo que hacen en los clubes de shows porno. En esos antros los actores que se desnudan, se cagan o se masturban aguantan al público, soportan sus insultos y ni ellos ni ningún cliente consideran que lo que hacen sea arte; saben que es exhibicionismo y que explotan la necesidad morbosa de ver un espectáculo escabroso. Los performanceros, sin llegar a lo que se hace en un burlesque o en un antro XXX, se hacen llamar artistas, quieren escenarios cultos y además exigen respeto del público y becas estatales.
Proceso. El proceso de la obra se supone más importante que el resultado. Vemos obras inconclusas porque esto “abre posibilidades”. Primar el proceso evita que se haga un análisis de la obra ya que al no estar terminada no podemos emitir un juicio crítico. Es parte de la irresponsabilidad de este anti-arte. Es evidente que estas obras no tienen una relación tiempo-calidad, procesos de meses arrojan obras que en realidad tomó instantes pensarlas y hacerlas. Hacer énfasis en que el proceso es largo y complicado sólo disfraza la falta de calidad de los pobres resultados para hacernos creer que hay un rastro de inteligencia y esfuerzo en ello. Los resultados y la banalidad de las obras contradicen la importancia de su proceso. Para que esta contradicción no sea puesta en evidencia el texto curatorial explica las intenciones del artista. El proceso es intención. El arte verdadero no es intención, son hechos.
Reflexión. La gran bandera de este anti-arte es la “reflexión”; las obras, por banales que sean, exigen una reflexión superior a lo que ellas representan en sí mismas. La reflexión es un proceso que sustituye a la contemplación. La obra, al no motivar que el público permanezca observándola, impone una tarea ajena a ella misma, impone un pensamiento en el que debemos entretenernos porque la obra no provoca ideas. Esta reflexión es además parte del significado, debemos “reflexionar” en lo que significa y esto es una idea que se suma a la obra para darle un valor intelectual del que carece y que no justifica con su presencia. Dice Danto que “el artista haga la obra, la filosofía y los teóricos le daremos significado”. El artista es un ser que no piensa, designa algo como arte y un teórico le da un peso intelectual. Reflexionemos en eso.
Todos son artistas. La falsa democratización del arte, el “todos son artistas”, se convirtió en una tiranía. El problema es: si todos son artistas y todo es arte, no hay espectadores; el que mira puede ser creador en ese instante, así, para qué ver algo que tú como creador potencial puedes hacer y hasta superar. El segundo problema: al margen de la calidad artística —que por lo general es nula— no hay nada que observar porque todo es arte, no hay objetos que requieran de nuestra dedicación especial para contemplarlos. Desde los temas que abordan hasta los materiales que usan, esta actitud totalizadora está dirigida a que la experiencia estética pierda sentido. La decisión, puramente dogmática, que de que todas las aptitudes son iguales —y eso le da a cualquiera la capacidad de hacer arte— implica que no hay nada admirable o valioso en hacer arte, porque se convierte en una operación común, corriente e intrascendente. Lo que hace innecesario un recinto tan costoso y pretencioso como un museo. ¿Para qué alojar, exhibir y resguardar algo que todo el mundo puede hacer? Si todos son artistas y todo es arte, por lo tanto hasta el último centímetro cuadrado de la realidad es arte y es un museo al mismo tiempo. Pues afuera con sus obras, a la calle y que dejen los museos para lo extraordinario.
Transustanciación. Es una superstición religiosa que afirma que un objeto puede cambiar de sustancia sin alterar su forma. El objeto es algo más de lo que representa, es otra cosa. En eso se sostiene el fraude del arte contemporáneo y sus ideas conceptuales, la figura, o sea lo evidente, no cambia, cambia lo que no vemos, el significado. Los conceptos de los artistas, sus curadores y críticos son como la publicidad que nos habla virtudes del producto que no son evidentes pero basta creer en ellas para que existan. La galería, el museo y la iglesia son incuestionables, y todo lo que está dentro es verdadero porque lo ampara una idea mal redactada incapaz de ser comprobada. Ante la exposición de adjetivos de las reseñas de los críticos que apoyan este anti-arte cuesta enterarse de si hablan de una instalación o de un performance, pero de lo que sí nos enteramos es de que la obra es genial, transgresora, que invita a la reflexión, que rompe con esquemas y hace denuncia social —y detrás de este edificio retórico hay un video pornográfico de Santiago Sierra o unos espaguetis en una silla. Por ello la duda, que es el primer rasgo de inteligencia, nunca es bienvenida en la publicidad, la religión o el arte contemporáneo, porque cuestiona esas verdades fabricadas, y es en este proceso en el que se derrumban todos los mitos. Estas ideas supersticiosas han penetrado como la publicidad y por eso las instituciones y fundaciones creen que apoyar a estas obras es apoyar al arte, restando apoyo al arte verdadero. (Revista Replicante)
viernes, 23 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
viernes, 19 de agosto de 2011
ARTE EN EL SIGLO XX
¿Es esto arte?
Final del formulario
El problema para explicar el sentido del arte del siglo XX se debe a la dificultad de dar una definición del arte que abarque los distintos periodos de su historia. Las numerosas opiniones que se han vertido son, el mejor de los casos, descripciones, y parciales. Tal hecho ha permitido que muchos autores hayan confeccionado obras que se ajustan al criterio de algún teórico y por ello deben ser admitidas por la crítica. Otras veces se simula el trabajo de otro artista reconocido y tampoco se poseen razones para poder negarle la calificación de artista. Estos hechos, que nada tienen que ver con el arte, oscurecen su interpretación. Finalmente, las consideraciones vertidas sobre esta cuestión tienen por objeto justificar ciertas obras o justificar al autor de las consideraciones, pues el prestigio del crítico exige que alcance la definición adecuada, y, en muchos otros casos, es una determinada intención la que dirige la opinión del crítico.
Por otra parte, la consideración del arte del siglo XX como trasgresor nada dice de la obra sino del uso. La mayoría de los artistas son personas comprometidas, de la misma forma que durante muchos siglos los artistas eran creyentes. Pero sería absurdo analizar el trabajo de Miguel Ángel, Leonardo y Rafael por su contenido religioso. En cambio, los críticos modernos aceptan revisar obras del siglo XX por su intención. Lo único que se deduce de tal hecho es la ideología del crítico y con ello su dificultad para realizar un análisis más perfecto de las obras que estudia. Si de la existencia de la Capilla Sixtina no podemos deducir la existencia de Dios, podemos, en cambio, emplear este ejemplo para entender que en el arte corrosivo su intención corrosiva carece de valor artístico y que el análisis de las obras debe ser el de su forma y contenido.
Por lo tanto, para entender el arte del siglo XX debemos aclarar qué es el arte, pues no parece que se haya llegado a ofrecer respuesta a tan necesaria cuestión y las teorías tan diversas han resultado incomprendidas por el público y hasta por los artistas, que quedan, con tantas explicaciones, más confundidos que sin ellas. El error en la definición del arte es lo que ha producido los errores en la explicación del arte del siglo XX.
Podemos decir que el arte es la expresión del sentimiento del hombre. Pero debemos precisarla. En primer lugar, debemos ampliarla diciendo: cuando se conoce el mundo. En segundo lugar, se observa que esta definición supone al artista como hombre universal, como sujeto cognoscente que se erige en representante de la humanidad.
Así, tal definición de hombre universal con un conocimiento universal sólo podría ser aplicada a los artistas griegos, y a los pocos que han existido después de ellos con sus mismas características. Y así es: fuera de las obras supremas, las que expresan el conocimiento del Hombre, no hay Arte. Pero nos queda el arte que expresa el sentimiento individual del hombre y que, en el siglo XX, a la vista de sus expresiones, ha planteado una absoluta incomprensión y se nos exige la pertinente aclaración.
¿Por qué desapareció el arte griego? Porque el hombre desea el cambio. Pero todo cambio sólo se concibe como una evolución. La era griega evolucionó a partir de sus inicios hasta el siglo XXI pero no, como se ha venido creyendo, como degeneración de las formas. Lo que evoluciona es el modo de pensar que ha dado lugar a esas formas. ¿Cómo si no podría mostrarse tan continua la historia del arte? Por ejemplo, sobre el arte del siglo XX también se ha pensado que toda la evolución de ese siglo ha sido una imitación de las formas de las primeras vanguardias. Pero no ha sido así. Esas opiniones son mera descripción formal de las obras. Se sorprenden los sabios del origen simultáneo y variado del arte abstracto y del arte pop. El origen está en el modo de pensar, en la evolución del modo de pensar que es algo general de un tiempo.
Cuando analizamos una obra debemos preguntar cuál es su sentido, o si acaso tiene alguno, sólo entonces, si le posee, determinaremos que es arte. Sin conocer el sentido, no distinguiremos la intención —ya sabemos que nosotros debemos distinguir la intención interna (el sentido) de la externa (la utilización). Por eso hoy no tendría sentido pintar como Miguel Ángel, porque cada tiempo exige una aportación. Determinado el sentido, el que corresponde a su tiempo, debemos valorar la altura del estilo resultante con respecto a otros. ¿Deberemos recurrir a Aristófanes para que mida y pese los estilos de nuestra historia?
El arte es algo concreto, no es un convenio. El arte del siglo XX se caracteriza por tres factores muy bien percibidos por la crítica pero mal valorados. 1. La negación de la obra como arte y su consideración de objeto. 2. La mayor consideración al concepto que se quiere expresar que a la obra y su acabado. 3. El anonimato del pintor, al menos como intención inicial del artista.
1. Como nosotros mantenemos, las vanguardias realizaron un estudio científico de la obra de arte, lo cual significa analizar los elementos que la componen, materia, técnica y figura. Según nuestra definición, el artista de ese siglo no realiza arte sino ciencia. El estudio científico presenta los elementos que estudia por separado. Tales elementos son objetos. Las obras de los artistas no son obras de arte, son la exposición de los elementos que las componen, es decir, son componentes.
El arte del siglo XX presenta objetos en lugar de arte, como manifiestan numerosos artistas y como confirma la teoría. El error no es de descripción, es de interpretación. El artista no reduce el arte a un objeto sino que nunca hace arte, luego no precisa reducirle, y lo que hace es mostrar ese objeto.
2. a) Al faltar la idea y la unidad en la obra de arte, el crítico debe explicar el sentido de una construcción tan simple y tan ajena al mundo del arte. Ante la falta de una fundamentación teórica que hubiera permitido definir claramente el significado de esas obras, se buscan argumentos con los cuales justificar la validez de tales objetos. Entonces se dan vueltas alrededor de las obras de los artistas —los cuales actúan con honestidad—, para conjugar las formas externas con algún principio aceptado por la crítica y la sociedad.
La valoración, por ejemplo, de los cuadros negros de Stella sólo nos demuestra que el pensamiento del siglo XX ha sido un pensamiento racional. Por irrefutables que resulten los argumentos con los que se justifiquen esas obras (y todas las de contenido similar) no dejan de ser unas rayas negras. La satisfacción que pueda producir su contemplación será el indicador del grado de sensibilidad de quien juzga.
Los griegos creían en las ideas eternas; los romanos, en el poder terrenal; el hombre del Renacimiento en la belleza, y el hombre moderno en la ciencia. Y, en cada época, el hombre ha producido las obras de arte que se ajustan al pensamiento de su tiempo. Por eso el arte griego es el arte supremo de nuestra cultura y el arte del siglo XX no siempre alcanza esa calificación. Sin embargo, con la valoración del arte-ciencia que hace el hombre racional puede aparecer por encima de las creaciones áticas. Esto sólo demuestra el perspectivismo que posee el hombre actual que juzga como supremas las obras que se expresan de la forma que él mismo siente, y es una necesaria interpretación que muestra la coherencia entre el sentir y el juzgar del hombre de un tiempo, pero un hombre que no ve más que su tiempo.
b) Aun así, nosotros afirmamos que tales obras poseen un sentido y que son necesarias. De esta forma, se entiende que se llamen obras de arte a estas construcciones tan vacías de emociones. Se precisan como forma de continuidad del arte anterior pues esta forma de evolución es inevitable, por lo que resultan imprescindibles ya que sin ellas no se podría dar el siguiente paso de la evolución cultural. Pero que sean necesarias no dice nada de su valor, mejor dicho, del grado de su valor. El contenido de estas obras es, en ocasiones, tan pequeño que se agota con una mirada, después de la cual no merece la pena volver a verlas —suponiendo que con esa mirada se haya captado su sentido.
Estas obras deben conservarse en los museos y deben ser tratadas en los libros de arte para expresar su sentido y para poder presentar la evolución artística de forma continua. Pero en modo alguno pueden ser presentadas como obras de arte ni exaltando un contenido del que carecen: porque no son obras de arte, son los elementos con los que los artistas verdaderos confeccionan sus obras, las cuales ya son obras de arte. El que en el siglo XX las obras de arte (hablando de aquellas cuya catalogación como arte nos sorprende) posean un sentido artístico, no significa que posean un valor artístico. Por eso, desde un punto de vista, el del contenido, negamos que sean arte, mientras que desde otro, como necesidad de expresar una determinada forma de pensamiento, afirmamos que lo son. En el siglo XX hay obras de arte intrascendentes porque, a diferencia de tiempos precedentes en los que el artista mostraba el conocimiento del hombre a través de sus sentimientos, este siglo ha mostrado conocimientos científicos sobre el arte. Por eso, se habla del arte como objeto del arte, porque el ojo que todo lo ve se ha querido ver él mismo. Como confirmación de esta exposición recordamos que muchos artistas negaban que sus obras fueran arte y que otros muchos no deseaban que su labor llegase a los museos ni a las galerías. Como decimos, los artistas eran honestos en lo que hacían y en lo que decían sobre su trabajo. La teoría moderna ha trasladado la cuestión artística a la social, la cual dominan. Sus argumentaciones han consistido en convencernos de que toda evolución es un progreso, tomando este término como perfeccionamiento. Entonces, el arte más tardío debía ser superior al anterior. En cuanto a la técnica es cierto, pues el progreso la ha perfeccionado, en cuanto al contenido que expresan, no. Éste ha sido el error de apreciación del arte del siglo XX, suponer que se habían superado las creaciones anteriores. En torno a esta idea se han generado las teorías de arte. Pero, si observamos la vida individual, pronto nos percatamos de que la existencia se permite un perfeccionamiento en las primeras etapas del crecimiento y que todo lo demás es reducción. En la misma cultura, el arte griego, del cual procede toda otra forma de la cultura en el mundo occidental, fue superior a todo lo que le sucedió, lo cual es visto como decadencia de la cultura griega.
3. El último aspecto referido del arte del siglo XX, el del anonimato, es otra postura del artista honesta y coherente con la labor realizada, la de ofrecer un catálogo de elementos de construcción artística; labor absolutamente aséptica, carente de individualidad y sin mérito alguno que pueda reclamar su autor.
Los artistas del siglo XX realizaron una labor necesaria. Estaban, pues, obligados a ejecutarla, les gustara o no. Nadie les ha pedido su opinión, como nadie se la pidió a los griegos. La causa, el desarrollo del principio generador, existe, luego, es necesario que se produzca su efecto, es decir, resultaba inevitable que, en ese preciso momento, el arte se trasformara en ciencia. No existe efecto sin causa. Dando la vuelta a la expresión (toda causa produce un efecto), se entenderá cómo es que nosotros hemos podido realizar la interpretación de las obras científicas de los artistas del siglo XX mediante la aplicación de los Principios de Razón Suficiente. (Revista Replicante)
martes, 9 de agosto de 2011
LOS RETOS CULTURALES DEL GOBIERNO DEL ESTADO DE DURANGO.
![]() |
| Performance de Marina Abramovic |
LOS RETOS CULTURALES
DEL GOBIERNO
DEL ESTADO DE DURANGO.
Fernando Andrade Cancino
Decía Octavio Paz que “los burócratas gastan más en administrar que en fomentar la cultura”. (Proceso Nº 352). Piensan que la cultura es un departamento de administración y resuelven los problemas de la cultura con acuerdos, con disposiciones, con reunioncitas selectivas que sólo buscan la auto legitimación, mientas en lo oscurito ejercen una política fascista que los lleva a comprometer a sus trabajadores –por escrito- a no hablar mal de la dirección de la institución, y a hurgar en los archivos y memorias de sus computadoras, evitando que entren a las redes sociales. “Pero la cultura nunca ha sido acuerdo administrativo. Así no se escribe ni un poema ni una novela ni se pintan cuadros ni se hace un festival de poesía. Para que haya todo esto es necesario que haya antes una atmósfera social, fundada en la consulta, en el consenso, en el diálogo que no debe ser exclusivo de un grupo, una persona, un partido, un Estado, o una iglesia. Debe ser plural”.
El Durango de ahora requiere una sociedad democrática y libre, con una política artística y social, como señala Jorge Sánchez Cordero en “Los retos culturales del Congreso” (Proceso N° 1813), y como Durango va a la cola de los demás estados en cultura, gracias a las políticas y los políticos emanados del PRI, pero sobre todo al amiguismo y nepotismo que estos ponen en práctica, la coordinación real en acciones culturales entre las diferentes instancias del gobierno estatal es nula, ya que los mecanismos de participación social -y con la IP-, sólo son “jarabe de pico”.
La oferta política de los partidos en Durango en cuanto a cultura se refiere es inexistente, ya que quienes tienen, o han tenido, representación popular y responsabilidad política, han ignorado, como en la elaboración de la Ley de Cultura del Estado de Durango, en el sexenio pasado, que ni siquiera tomó en cuenta las observaciones de quienes entonces dirigían, administraban y trabajaban en el Instituto de Cultura del Estado de Durango, haciendo -el grupo de caciques culturales que domina desde hace 20 años, en beneficio propio, las instituciones culturales y educativas, además del congreso estatal- una ley sacada de la manga a través del socorrido “copiar y pegar” (copy and paste) de leyes similares de otros estados del país; decía, han ignorado a creadores y productores de arte y cultura.
Haber elaborado esta propuesta, con cuidado y esmero, por personas apartidistas, hubiera significado un avance sensible para la cultura en Durango. Hubiera sido un plausible ejercicio democrático. El pueblo de Durango no tiene por qué aprender democracia, “los que tiene que aprender la democracia son quienes nos gobiernan. El gobernador, los altos burócratas, los funcionarios del gobierno. Tienen que aprender a oír. Nunca oyen”.
Dice Sánchez Cordero, a quien glosamos y citamos enseguida a lo largo de este texto, que “los tiempos de la cultura tienen su propio ritmo y son totalmente independientes de los tiempos políticos; no admiten ser subordinados a los tiempos e intereses políticos.
“La herencia cultural, la diversidad cultural y el desarrollo humano sostenido implican el que una comunidad tenga una conectividad histórica, consistente en el uso continuo y en la transmisión intergeneracional de su Patrimonio Cultural Inmaterial”, el cual muchos artistas y creadores hemos contribuido a crear en épocas distintas, pero que al parecer y dependiendo de quién dirija el ICED, o quién sea diputado o gobernador, tal conectividad en Durango se limita a una etapa sexenal o trianual, quedando así roto el proceso de conectividad histórica, y rota la misma comunidad cultural, como es evidente en estos días.
Resulta pues imperativo identificar a los grupos o comunidades culturales que deben ser necesariamente consultados en la elaboración en los inventarios o cartografías del Patrimonio Cultural Inmaterial (y por supuesto del Material), que no se agotan en la mera formulación de conocimientos tradicionales (como el folklore) y que no pueden ser encapsulados en una lista, menos en una agenda o cartelera de eventos. Debe imperar la institucionalización de actividades, proyectos y programas en la salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial, pero se deben evitar en tal sentido las inercias; ¿Por qué cada año hay Jornadas Villistas, o encuentros de Cronistas Municipales, o Festival Revueltas, y por qué siempre –independientemente de la dirección de cultura en turno-, son los mismos burócratas, comisionados o no, quienes los programan y ejecutan?
La comunidad cultural de Durango, sus grupos, deben conservar sus vínculos con los ancestros, con los espacios culturales y las tradiciones, es cierto, pero también con las pocas instituciones establecidas para ello, y no sólo unos cuantos beneficiarios sexenales o transexenales.
Nuevas formas de convivencia y nuevos sentidos para el futuro son inhibidos por una burocracia y una partidocracia dictatorial, para quienes la cultura es sólo un coto de poder desde donde otorgar dádivas con el dinero del pueblo como un medio más para hacer campañas políticas casi permanentes, o para enriquecerse en lo personal.
La democracia cultural merece hoy un desarrollo importante, hay que dar participación a todos los agentes que actúan en el espectro social –grupos y comunidades- pero más significativamente darles acceso a las decisiones que les atañen, en vez de negárselas como ha sucedido en este primer año del ya no tan nuevo gobierno estatal.
Los derechos culturales se hicieron depender en Durango de un verdadero galimatías, inaplicable en la práctica; una demagógica y retórica Ley de Cultura que habla del derecho a la cultura y no del derecho al acceso a la cultura, ya que es obligación del estado proveer de los medios para acceder a la cultura, y uno de los medios para facilitar el acceso a la cultura es su democratización.
Es necesario fundar políticas públicas de cultura, como lo es el fortalecimiento de una política artística y cultural constructiva en beneficio de la creación, una política que subraye la importancia fundamental del arte (no sólo del folklore) y de los artistas en nuestra sociedad (no sólo de bellas intérpretes de la canción o declamadoras al viejo estilo).
A nuestra sociedad se le impuso el oír y callar, lo que ahora se pretende hacer también con poetas y escritores, desvaneciendo así la memoria pública ante la carencia de creadores que nos muestren las referencias culturales preestablecidas que ahora se olvidan, se reprimen, al censurar la crítica o coartar la libertad de expresión, menguando significativamente nuestra conciencia para cuestionar, meditar y recordar.
Sin la articulación de la memoria pública no hay legado cultural, artístico y científico que transmitir. De ahí que el Durango de hoy requiera de una sociedad democrática y libre, con una política artística y social, y no “direcciones culturales” amañadas, vengativas, coludidas, prepotentes, autoritarias y demagógicas, impuestas por funcionarios que sólo defienden sus onerosos sueldos -y lo peor de todo-, con desconocimiento de lo que es la Alta Cultura, y el consecuente distanciamiento de amplios e importantes sectores sociales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
























